En Bruselas se ven a menudo patochadas, demasiadas diría yo. Una de esas patochadas es la incesante pelea por demostrar quién es el más ecológico cuando todos saben que ninguno se aproximan en lo mas mínimo a eso que están contando. El Banco Mundial ha sido el último en querer hacer prueba de ecologismo y la semana pasada reunió a representantes de la sociedad civil para pedirnos consejo sobre su estrategia 2010-2020 contra el cambio climático. Al inicio de la reunión, una investigadora del Banco Mundial explicó qué se había hecho durante los diez años precedentes y qué se busca con la nueva estrategia. Eva Joly, una de las lenguas más mordaces del Parlamento Europeo, le paró los pies. “Me parece muy bien todo lo que esta contando”, le dijo, “pero a mi lo que me sirve son los actos y los actos dicen que el Banco Mundial financia actividades altamente contaminantes, como la planta de celulosa que se encuentra entre Argentina y Uruguay”.

Joly puso en evidencia con una frase la estrategia mundial contra el cambio climático: “se habla mucho y se hace poco”. Esta estrategia tiene mucho que ver con “la lógica de la acción colectiva” descrita por Mancur Olson el siglo pasado. O, dicho en cristiano, somos o pretendemos ser unos gorrones. La lucha contra el cambio climático requiere de sacrificios, especialmente a nivel económico. Es más caro producir energía eólica o solar que térmica y es más barato soltar la basura en un vertedero que preocuparse de separarla y reciclarla. A nivel doméstico, también percibimos que todo aquello que tiene una etiqueta ecológica suele resultar más caro. Pocos están dispuestos a hacer estos sacrificios y los demás pretenden aprovecharse de ello, para recibir los beneficios sin necesidad de renuncias. Por eso, todos hablan de lo bueno que es luchar contra el cambio climático, para intentar convencer a los demás de realizar el trabajo que en un principio les tocaría a ellos.

El problema es que con esta estrategia no habrá premio, al final no quedará nada para repartir, especialmente si, tal y como ocurre en la actualidad, los gorrones son la mayoría y no un grupo minoritario. Porque, ya lo decía Olson, el sistema sólo puede mantenerse si hay una mayoría de altruistas, si hay una mayoría dispuesta a hacer sacrificios incluso cuando ve que otros se aprovechan de éstos. Y yo estoy hablando mucho, pero sé que a menudo soy más bien gorrona que altruista. Quizá habrá que empezar por eso.

Nota: esta entrada se enmarca dentro del Blog Action Day contra el Cambio Climático

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