drapeau_ue_irland_200_14062008Muchos nervios hay hoy en Bruselas. Irlanda vota por segunda vez el Tratado de Lisboa, con la inquietud de que si el resultado vuelve a ser negativo se acabó la aventura. Un si de Irlanda tampoco será la panacea, dos países, Polonia y la Republica Checa, se resisten a ratificarlo.

Mucho se ha hablado sobre las bondades del Tratado de Lisboa, remarcando principalmente la existencia de un presidente de la Unión Europea con un mandato de dos años y medio, la creación de una especie de Ministro de Exteriores para toda la Unión Europea o el refuerzo de la defensa europea.

Sin embargo, poco se ha hablado del papel que tendrá el ciudadano con este nuevo tratado. Y el cambio es algo más que signicativo. Poco se ha hablado de que Lisboa prevé el establecimiento de la iniciativa ciudadana, una de las bases de lo que se llama democracia participativa. Con este nuevo mecanismo, se poder elevar una propuesta ciudadana a la Unión Europea siempre y cuando se cuente con el apoyo de un millón de personas. El número de firmas puede parecer elevado, pero su proporción es bastante inferior a lo que se suele exigir a nivel nacional. Por ejemplo, en España, con una población de 45 millones de habitantes, se exigen 500.000 firmas.

Otra reforma importante es la nueva consideración que se da a la Carta de Derechos Fundamentales, la cual tendrá el mismo rango que cualquier otro Tratado de la Unión Europea. Hasta ahora, a pesar de que la Carta ha supuesto una referencia en las deliberaciones del Tribunal Europeo, no tenía fuerza vinculante. Con la aprobación de este nuevo estatuto jurídico, no sólo el Tribunal Europeo sino también los nacionales tendrán que velar por el cumplimiento de cada uno de los derechos. El Parlamento tendrá además competencias en nuevas materias.

Sin embargo, se mantiene el control por parte de los gobiernos en la elección de las altas instituciones. El Presidente de la Comisión seguirá siendo elegido como hasta ahora por el Parlamento a propuesta del Consejo Europeo y, mientras los grupos políticos no tomen una orientación más europea, este proceso seguirá estando monopolizado por la decisión de los gobiernos o líderes políticos de cada país. El Presidente del Consejo Europeo será también elegido por los gobiernos nacionales, lo que es probable que lleve a problemas de legitimidad en un futuro.

Cambios importantes, pero probablemente sigue faltando el cambio esencial, el que podría hacer que los ciudadanos al fin se interesen por Europa: pensar que son ellos los que llevan las riendas políticas de Europa  pudiendo elegir directamente a sus más altos representantes.

Links:  Guía rápida sobre el Tratado de Lisboa

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