IMG_1347Lo primero que me impresionó de Croacia fue ver la cantidad de banderas que decoraban sus calles. Quizá era tan sólo una coincidencia, puesto que era la semana de la fiesta nacional croata, pero el rojo, el blanco y el azul inundaban cada rincón de Zagreb. Luego me di cuenta de que entre tanto orgullo nacional, a menudo podían verse las banderas estrelladas, las de la Unión Europea. Extraño, quizá, para un país que no pertenece aun a la Unión Europea, aunque comprensible si se repasa su dura batalla para entrar en el espacio europeo.

Croacia solicitó el ingreso a la Unión Europea en 2003, y se convirtió en candidata oficial en 2004. Las negociaciones de entrada comenzaron en octubre de 2005, pero en 2008 fueron bloqueadas por Eslovenia por conflictos fronterizos. La magnífica bahía de Piran, otro de los lugares que visité este verano, ha sido la joya disputada con más fervor en esta guerra. Sin embargo, hace tan sólo unos días llegó una tregua, un acuerdo por el que Eslovenia se compromete a levantar su bloqueo.

Las disputas entre Eslovenia y Croacia son simplemente una prueba más de que las heridas en las antiguas provincias yugoslavas no están cerradas. Aunque en sus rostros apenas se note. En mis escasos días recorriendo Eslovenia y Croacia, conocí, esencialmente, a personas con una sonrisa siempre en los labios y entregadas en ayudar al foráneo, aunque en ocasiones, especialmente en el caso de Croacia, apenas alcancen a decir tres palabras seguidas en inglés.

Las banderas representan las ansias de este pueblo, de fuerte profesión católica, de convertirse en la segunda ex republica yugoslava en acceder a la UE, después de Eslovenia. Macedonia, enredada en conflictos con Grecia, le disputa este honor. Esperemos que las ansias de los croatas se apacigüen pronto, porque Croacia es un país que tiene mucho que enseñar a los europeos.

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