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Si hace una semana me preguntaba por quién iba a votar, ahora me pregunto simplemente si voy a votar. Y no es porque haya perdido las ganas de ir a depositar mi papelito, sino que simplemente el papelito no llega.  Hace ya varias semanas que solicité mi voto por correo y aún no he tenido ninguna noticia de mis pertinentes papeles. Y el día se acerca.

Quizás algunos piensen que exagero demasiado y que los papeles seguro que llegan a tiempo, pero es que no es la primera vez que no llegan. Concretamente, en las últimas elecciones locales y autonómicas celebradas en 2007 llegaron dos días después de la finalización del plazo de envío. Cabrea que tus papeletas lleguen tarde, pero cabrea mucho mas que el simpático cartero falsifique la fecha y ponga la de dos días atrás para que ni siquiera puedas reclamar. ¿De verdad pretenden que les tome en serio cuando se les llenan la boca diciendo “nosotros somos unos demócratas” si nos chulean de esta forma?

Sin embargo, mis papeletas tardías no son el único ejemplo de lo poco en serio que se toma a menudo el asunto del voto. El día que fui a solicitar mi voto por correo, un hombre que acaba de registrarse en el Censo temporal le preguntaba a la funcionaria:

Yo vivo en España y mi familia en Bruselas, por lo que vengo aquí muy a menudo, especialmente los fines de semana. ¿Qué ocurre si en las próximas elecciones tengo que votar aquí? ¿Puedo renovar mi inscripción en el Censo temporal?

Por supuesto, la respuesta fue que no, por mas que el hombre le intento explicar que seguía viviendo en España y que por eso no quería perder su empadronamiento allí. En una sociedad en la que las personas cada vez tienen más facilidades para viajar y muchas de ellas llevan una vida en dos ciudades o incluso dos países, ¿no se deberían prever situaciones de este tipo?

No sé si al final podré votar o no, pero, aunque así sea, no puedo sentirme orgullosa de una democracia que juega sucio con uno de los derechos más básicos. Y espero que así lo sientan muchos otros.

 

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