Extranjera, foránea, intrusa, forastera, inmigrante. Todo eso soy, todo eso me siento. Y sin embargo, nadie me insulta por la calle ni me pide que me vuelva a mi país. En las últimas semanas, en las que he estado ausente por diversos motivos, he escuchado con preocupación varios episodios nacionalistas diseminados por media Europa.

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Huelgas en Reino Unido por la contratación de extranjeros, ampliación de las medidas proteccionistas, especialmente en Francia, a las que se une la vergonzosa cacería por cupos que aparentemente se ha fijado la Policía Nacional española. Y mientras escribo estas líneas, rescatan al último de los inmigrantes ahogados ayer después de que su patera volcara (foto EFE). Y ya me estoy cansando.

Me canso de que la gente se crea dueña de una tierra sólo por el hecho de haber nacido en ella, me canso del egoismo de la gente, de que se les utilice cuando nos viene bien y que se les tire a la basura cuando nos estorban, me canso de que no se den cuenta que todas las naciones alguna vez fueron emigrantes y que tal vez alguna vez tengan que volver a serlo. Pero sobre todo, lo que más me cansa es que la gente no sea capaz de apreciar lo enriquecedor que supone ver el punto de vista de otras culturas.

Yo no renuncio a mi ciudadanía, soy española y ello me da unos derechos y también unos deberes, pero sí a mi  nacionalidad, porque a mi no me sirve de nada. No me sirve de nada plantarme en medio de Bruselas y enarbolar una bandera española y decir que España es la mejor. Yo no me siento identificada con ninguna nación (exacto, no me siento española, en el sentido patriótico de la frase) y ello no me causa ningún trauma. Y por mucho que intenten engañarme con que algunos movimientos son incluyentes, el nacionalismo es por definición racista.

Tristemente, en este mundo de globalizaciones económicas y, dicen, culturales, crecen las tensiones nacionalistas. Pero, y si hay tantos que defienden la globalización económica, ¿por qué prácticamente nadie defiende una ciudadanía global? El nacionalista diría ahora: porque en ese caso todos los negros de África se vendrían a Europa. Probablemente lo hicieran, por necesidad, pero no por gusto. Aproximadamente un 95 por ciento de las personas que conozco no se movería jamás de la ciudad donde nació o de sitios no demasiado alejados. Y ellos, tampoco, sino fuera porque se mueren de hambre. La patria es también su referencia y a nadie le gusta sentirse un intruso. Y es que, en el fondo, tenemos en común mucho más de lo que creemos, demasiado como para que no podamos compartirlo por una estúpida barrera ideológica.

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