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¿Ha  mantenido usted relaciones sexuales con personas de su mismo sexo?

Sí.

Pues al saco de los enfermos.

En Francia son poco más sutiles que esto. El gobierno  de Sarkozy ha endurecido recientemente la ley que impide a los homosexuales donar sangre, discriminación que se concentra además sólo en los hombres. ¿La razón? Que son portadores potenciales de enfermedades infecciosas, especialmente del VIH.

“No es una opción filosófica, sino una cuestión de seguridad transfusional”, ha asegurado la ministra de sanidad francés según asegura el diario Público. Y digo yo, ¿no sería más seguro obligar a todos los donantes a pasar test periódicos sobre infecciones, sean homosexuales o no? Porque, más allá de la discriminación ejercida, la pregunta es: si yo tengo que recibir una transfusión de sangre en Francia, ¿ nadie comprueba si está infectada?

No voy a comenzar a teorizar sobre el sistema sanitario francés, que encuentro bastante deficiente, y me voy a centrar en lo que había comenzado. Siempre me ha fastidiado que la gente desvirtúe lo que encuentro fascinante y Freud, uno de los grandes culpables de que la homosexualidad sea considerada como una enfermedad, lo hizo con uno de mis relatos favoritos de Platón.

A la teoría popular del instinto sexual corresponde la poética fábula de la división del ser humano en dos mitades -hombre y mujer-, que tienden a reunirse en el amor. Causa, pues, una gran extrañeza oír que existen hombres y mujeres cuyo objeto sexual no es una persona de sexo contrario, sino otra de su mismo sexo. A estas personas se las denomina homosexuales; o mejor, invertidas, y el hecho mismo, inversión – Sigmund Freud, Tres ensayos para una teoría sexual (1905).

Ha pasado más de un siglo desde que Freud escribió estas líneas sobre la historia recogida en El Banquete. Unas líneas que, unidas a la aversión hacia la homosexualidad surgida en el medievo y a otras “brillantes” aportaciones, siguen orientando la vida de muchos y por desgracia, la política de muchos países.

Desgraciadamente, Francia cada vez me recuerda más a España en la última época de Aznar. Cuando yo me planté en París hace tres años, ya sentí ese remordimiento de un pueblo, tradicional bandera de las libertades sociales, que pierde poco a poco sus derechos. La llegada de Sarkozy no ha hecho más que empeorar la situación y cuando hablo con mis amigos franceses siento esa rabia en su discurso. Yo me sentía igual en 2004, cuando Aznar daba sus últimos coletazos.

Desde entonces, España ha cambiado bastante. Es precisamente el reconocimiento de derechos homosexuales lo que más curiosidad despierta entre nuestros vecinos porque, en el fondo, se avergüenzan por haberse quedado detrás. Al mismo tiempo que Francia aprobaba su ley discriminatoria, España volvía a demostrar que en este campo está muy por delante, con la campaña que ha lanzado para abaratar el coste de los preservativos. A los que me conocen no les sorprenderá que reconozca que soy más pro-francesa que pro-española en muchos aspectos. Pues esta vez, me callo la boca y les hago una reverencia a mis compatriotas.

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