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Ahogo. Eso es lo que he sentido durante los últimos días cuando tenía la osadía de salir a la calle, una dura prueba debido al frío y a una masa de polución que hacía especialmente difícil respirar.

“Pico de polución nivel uno, utilicen los transportes públicos”, leía en una parada, mientras un autobús me atufaba con el humo de su tubo de escape. ¡Qué paradoja! Lo cierto es que estos días es la primera vez que he sido realmente consciente de qué puede suponer la polución para mi salud. Mucha palabrería sobre lo malo que es contaminar pero nadie se lo cree hasta que no siente que las pequeñas partículas se quedan pegadas en su garganta y no hay forma de deshacerse de ellas. Quizá nos deberían meter a todos en una cámara especial de contaminación, para que así, por lo menos, sepamos qué nos espera.

Paseando por Bruselas me daba cuenta de que lo que he sentido durante estos días no es algo extraordinario. El hecho de encontrarme esta curiosa señal en una de las calles cercanas a la avenida Louise (una de los principales zonas comerciales de Bruselas) y otros mensajes similares en otros puntos de la ciudad demuestra que los ciudadanos de la capital de Europa empiezan a hartarse de su particular cámara de gas.

Lo que resulta más curioso aún es leer que, según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, Bruselas es la segunda ciudad más limpia de Europa después Estocolmo, mientras que Madrid, donde nunca he sentido ese ahogo durante los años que viví allí, se encuentra entre los primeros puestos.

Ayer, cuando volvía a casa, sentía una fina lluvia sobre mi cabeza, que se llevaba los últimos montoncitos de nieve y ese polvo que no me permitía respirar. Una pequeña lluvia que se ha llevado los dos incordios que han acechado a Bruselas en los últimos días y que la han devuelto a su puesto de ciudad límpida. En fin, si todo fuera tan fácil de solucionar…

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