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Cuando desgraciadamente la violencia doméstica se cobra una víctima o cuando se celebra algún día internacional en conmemoración de la mujer, como fue el caso de ayer, siempre se escuchan gritos de “animales”, “no tenéis corazón” y toda una retahíla de insultos similares dirigidas hacia los maltratadores. Y no es que no los comparta, pero a menudo simplifican demasiado la realidad. En primer lugar, me resulta curioso  que sólo se hable del maltrato del hombre hacia la mujer y que apenas se tenga en consideración el opuesto. Ahora mismo, el lector probablemente pensará: sí, pero es que una mujer no puede matar de una paliza a un hombre. Pero puede destrozarle la vida igual. ¿O es que no has tenido nunca ningún amigo, compañero de trabajo o conocido cuya novia o mujer le controlara totalmente la vida? ¿Es que eso no es violencia? ¿violencia contra la libertad de la personas?

En segundo lugar, siempre me he preguntado hasta qué punto es consciente la persona que maltrata de que es un maltratador. Cuando escucho esos insultos de los que antes hablaba, siempre me da la sensación de que socialmente aceptamos que la persona es totalmente consciente de la maldad de sus actos y que continúa de forma impune “porque no tiene corazón”. Pero, ¿y si no fuera así?

Todas estas reflexiones me las confirmaba ayer José Antonio Arranz, psicólogo español afincado en Bruselas que, junto a sus colegas de Hispasanté, ha puesto en marcha el teléfono morado, un teléfono de atención a víctimas que, por cierto, también está dirigido a hombres. “A menudo no se dan cuenta de que lo que hacen no es correcto. Yo he visto a padres en mi consulta hacer apología de la violencia hacia sus hijos y decirle a su mujer: si es que no le pegas bien”, me contaba.

Salí un poco aturdida de la conversación, con la cabeza pensando en todo lo que me había contado. Y sentí cierta tristeza por que un tema tan complicado se trate socialmente de una forma tan simple. La violencia doméstica, hacia mujeres, hacia hombres, hacia hijos o hacia padres, necesita una revisión y necesita que todos tomemos conciencia de que, seamos lo que seamos, siempre podremos ser la víctima.

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