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Alguien me preguntó ayer: “Laura ¿no estás contenta? Ha ganado Obama”. Yo reflexioné unos segundos y me di cuenta de que no, no estaba contenta. “¿Pero por qué?, si era lo que tú querías, lo que decías que era lo más adecuado”, continuaba mi interlocutor, casi recriminándome.

Me hizo gracia su reacción, echándome una cariñosa regañina por el simple hecho de que no estuviera dando saltos de alegría. “Pero si la historia acaba de cambiar”, decía. Pues yo no estoy de acuerdo. La historia, al menos esta historia, ya lleva muchos meses escribiéndose. Yo no tenía ninguna duda de que Obama iba a ganar y por ello mi felicidad se ha ido diluyendo en el transcurso de las semanas. Lo que más me preocupa ahora es que ayer me sentí en esa espiral del silencio que nos enseñan a los recién llegados a la Facultad de Periodismo. Cuando la masa dice algo, hay que ser muy valiente para decir lo contrario. Y yo ayer ni siquiera pensaba lo contrario y aún así fui recriminada. Por eso Obama no podía perder, porque él era el centro de la espiral.

De todas formas soy algo escéptica y hasta que Obama no tome las riendas no me creeré esto del cambio. Yo soy de las que piensa que gobernar mal es fácil, pero gobernar bien es una tarea poco menos que imposible. Así que sólo espero que, a la voluntad que ha demostrado Obama, se le una la posibilidad de llevar a cabo sus políticas. Y, entonces, sí que estaré contenta.

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